Debo aclarar dos cosas antes de comentar el núcleo de esta entrada:
1. Junto a mis evidentes fracasos intentando “aprender” inglés y latín (sea lo que sea “aprender una lengua”… digamos funcionalmente aprenderlas), alguna vez intenté aprender quechua (también fracaso estrepitoso) y nunca lo he intentado con el mapudungú, pero sé que más tarde que nunca lo intentaré, ojalá de la manera más funcional posible.
2. Que estuve tentado a titular esta entrada “Bachelet Welualkün”, pero que mi mínimo de pudor me impidió hacerlo. Pura fanfarronería, por una parte, y pura ignorancia, por otra. Me avergüenza, más en estas circunstancias políticas, no tener la más mínima idea de la lengua mapuche. Esta vergüenza puede, en cierto sentido, invalidar mi presente entrada. Al menos, para mí, la pone en cierta particular perspectiva.
Una tercera cosa que, quizás, debería intentar precisar es que no logro definirme en si el lenguaje tiene poder político realmente o solo se camuflan, bajo supuestos poderes del lenguaje, poderes simbólicos más o menos superfluos. Por decir algo, si el famoso “dedo de Lagos” de verdad cumplió un rol político o solo fue circo simbólico para los chilenos, pero que en realidad nada cambió y nada podría haber hecho por algún cambio. Asumo, sin embargo, al menos para este comentario, que el lenguaje sí puede cumplir una labor específica dentro de las políticas públicas.
En 2005, Michelle Bachelet preparó un spot para su campaña presidencial en el que aparece hablando muy funcionalmente en alemán ["autonomía de los pueblos" ¡la política explícita de Evo Morales!... Curiosa "cercanía" ya de los entonces candidatos], en francés [digamos... su idioma paterno] y en inglés [mantención a rajatabla de la política neoliberal, asunto que claramente no podía decir, ella tan socialista, en un buen español...]. Por supuesto, la importancia del spot no era su difusión en Alemania, Francia y Estados Unidos o Inglaterra [¿qué acento tenía el periodista?], sino en los televisiores de miles de chilenos. Chilenos, intuyo, con rasgos aspiracionales, de clase media urbana y ciudadana del mundo. “El presidente que mejor se entiende con los chilenos también es el que mejor se entiende con el mundo”, reza un misterioso, por no decir pésimo, mensaje final.
No es necesario comentar acá ahora el uso del masculino ni tampoco la extraña formulación del mensaje final (¿afirmación o enunciado condicional?), menos a la luz de la historia después del 2005. Lo que sí me interesa destacar es cómo el entorno de Bachelet vendió la imagen, el símbolo, de la abrumadora capacidad funcional de nuestra actual presidenta en aprender otros idiomas aparte del español. Su alemán, su francés, su inglés fueron escogidos como posibles elementos que funcionasen como relevantes en el nivel político, curiosamente en un momento en el que, creo, la integración con el “mundo” no era el principal tema de discusión para Chile.
Por supuesto, en el nivel simbólico, y supongo que en el político también, el gesto que se intenta proyectar es que quien sea presidente de Chile se entenderá no con el mundo, sino con el gran mundo. No con todos se codea “el presidente que mejor se entiende con los chilenos”. ¿Mensaje político? Que íbamos a seguir mirando bien lejos, cachimba’e pao. Tan lejos como nuestro discursear (¡qué ingenuidad, si se quiere…!) nos lo permitiera. Nada de América Latina, por favor. Y junto a ese mensaje, este otro: el mundo no necesita hablar en nuestro idioma. Si no sabe hablar en chileno, simplemente no importa, que nosotros nos adaptamos.
En fin. Bachelet ya está en su tercer año de gobierno y se ha paseado por el gran mundo hablándole en inglés, francés o alemán. En portugués le habló a Lula hace poco más de un mes, todo para invitar a los brasileños a que vinieran no más a vacacionar a Chile. Portugués clarito, sin vacilaciones, nuevamente completamente funcional.
El gesto simbólico (pero no sé si político, ese es mi problema… ¿¿pero cómo acaso no llegaría a serlo??) es que el mismo día que Bachelet estuvo portugueseando en Brasil comenzó la última escalada de violencia estatal contra comunidades mapuches que terminó, días después, con la muerte del comunero Mendoza Collío (evento político) y, de paso, con el ninguneo que la prensa santiaguina aplicaba a la problemática mapuche (evento simbólico). Bachelet se entiende con el mundo en mundés, pero con los chilenos en español y desde La Moneda. Desde el centro político y en centro simbólico.
Los eventos políticos – simbólicos posteriores (sobre todo Pérez Yoma yendo a “dialogar” a la Araucanía y, en menos de 24 horas, cerrando por fuera la puerta de una reunión con estudiantes mapuches) me indignan ante el mentado spot de una Bachelet políglota. Supuestas negociaciones iban, supuestss negociaciones venían. Todas en español. Prioridades políticas y simbólicas absolutamente (des)centradas, mal-entendidas, al borde del cruel sarcasmo. Ni la palabra “huinca” afloró de los labios de nuestra presidenta.
Villalobos, aquel historiador aquel, ninguneaba igualmente el peso simbólico del mapudungú, en una suerte de crónica publicada ayer en el Mercurio, llena de datos de “verdad histórica objetiva” y que se titulaba Falsedades sobre la Araucanía. Solo el 9,7%, destaca, habla el idioma nativo. ¡¡Solo!! Afirmación cuya funcionalidad solo debería dar asco.
Saussure, en sus sueños, decía ahí donde haya al menos dos reunidos en torno a signos hay un sistema de lengua. Para Chomsky bastaba solo uno y ya había competencia lingüística, por ejemplo, en mapudungo. Las lenguas, está de más decirlo, son tan lenguas con un uno por ciento o con un cien. Ahí ya hay géneros, intertextos, juegos del lenguaje, semánticas denotativas, polifonías, lo que usted quiera y desde donde quiera. El porcentajear el número de hablantes de una lengua es un insulto, un desprecio y un profundo atentado a la dignidad humana básica [excepto, claro está, que a partir de ese porcentajear la respuesta sea el establecer políticas públicas explícitas de fortalecimeinto de las lenguas fucionales]. Insisto, en temas de poder simbólico de una lengua, cien por ciento no es más que uno… y ojalá eso también se entendiera a nivel político.
Pérez Yoma va en español a “mejor entenderse” con los comuneros mapuches, mientras Bachelet se “mejor entiende” con el mundo exclusivamente en idiomas con prestigio. ¿Es solo un problema simbólico? Quizás sí, aunque huelo que no. Evidentemente, el problema de la Araucanía sobrepasa por lejos el mero hecho de hablar o no la lengua, pero presiento que es también un factor no solo simbólico, sino nuclear, de la sordera y ceguera con que el Estado enfrenta la problemática mapuche. Reducir las “injusticias de siglos” a un bono más un bono menos… Es mucho no-entendimiento.
No habrá paz en la Araucanía, de hecho auguro, mientras no se le dé valor político al feroz gesto simbólico que significa comunicarse con los-otros en lengua propia y con los-nosotros en lengua ajena. Mientras tanto… ¡Levántate Huenchullán!






