LENGUAJISTA

Publicado desde el 31 de agosto de 2007.

JOANE FLORVIL, HABLASTE TU LENGUA EN VANO


El 30 de septiembre falleció en el Hospital Clínico de la Universidad Católica Joane Florvil. Falleció, en términos biológicos, por una complicación hepática. Falleció, en términos políticos y sociales, por una cadena de decisiones apresuradas, sin criterio y francamente racistas, de las instituciones públicas de Chile y de ciudadanos que no actuaron, si no de manera solidaria, al menos de manera prudente. Y falleció porque de nada le sirvió hablar. Hablar una lengua, la que fuera. No le sirvió intentar comunicarse. No valió. Habló en vano.

Ha pasado una semana desde que ella falleció. Pero ha pasado más de un mes desde que los hechos horribles comenzaron a sucederse, el 30 de agosto, en Lo Prado. Y recién comienzan las investigaciones en Carabineros, en el Ministerio Público, en el Municipio, en el Instituto Nacional de Derechos Humanos. Hasta hoy no hay absoluta claridad de cómo fueron los hechos, lo que solo puede demostrar desidia, indiferencia, pecado de omisión, del Estado en todos sus niveles, por lo tanto de la sociedad chilena en su conjunto.

Joane fue acusada de abandonar a su bebé de meses, con un guardia de una oficina municipal. Según la crónica más completa que he leído hasta hoy, publicada por The Clinic, no fue por salir persiguiendo a un hombre que le había robado todos sus papeles, como se informó en un principio, sino al otro día de esos hechos. El ladrón, el día anterior, pareció tener acceso libre y seguro a las oficinas municipales, pero ahí nadie se hizo cargo de la situación. Y tampoco Carabineros, que solo hizo acto de presencia sin mayor deseo de resolución. Joane volvió al otro día a perdir explicaciones, y dejó al niño con el guardia por ir a buscar a un traductor. ¡A un traductor! Frente a la desesperación de papeles perdidos y de la distante indiferencia de la oficina municipal, Joane quiso comunicarse. Intentó comunicarse. No fue el Estado quien le garantizó su derecho, fue ella quien salió en búsqueda de la comunicación. Cabos sueltos que “comienzan a investigarse”, diferencias culturales que se nos vuelven, en nuestra normalización del mundo, acciones del otro incomprensibles e inaceptables. Carabineros, Joane detenida, toda la prensa ya informada, ya con el juicio hecho. Pero nadie habla creole. Nadie le entiende lo que dice. No importa. Qué importa.

 

Los medios reproducen un juicio

Cuando Joane fue apresada por carabineros, los medios ya estaban ahí. De ahí viene la foto terrible de Joane esposada, con lágrimas en su rostro. Carabineros había dado el aviso, la narración y el juicio final y los medios lo reprodujeron. Nadie lo cuestionó. Nadie lo contrastó. Hasta que Joane murió. Ahí aparecen los verbos en condicional, los supuestamente, y la mujer se convierte en joven haitiana.

Solo una nota de Publimetro intenta justificar su manera de informar incialmente el hecho, con unos subtítulos “Lo que vio la prensa” y “La información que compartió la prensa”, en la nota firmada por Consuelo Rehbein. Una antijustificación, de todas maneras. Sin culpa. Todos los demás reportes omiten un comentario sobre las propias prácticas periodísticas involucradas. Claro, la pareja de Joane ahora sí tiene voz, la comunidad migrante sí puede entregar su versión. Alguien acusó. Alguien. No fuimos nosotros.

 

No hay derecho humano

La Declaración Universal de Derechos Lingüísticos fue proclamada en Barcelona en 1996 y busca aportar a la Declaración Universal de 1946 en benficio de garantizar “la dignidad y el valor de la persona humana y la igualdad de derechos de hombres y mujeres”. En su artículo 3 señala que declara como “derechos personales inalienables, ejercibles en cualquier situación (…) el derecho a ser reconocido como miembro de una comunidad lingüística (y) el derecho al uso de la lengua en privado y en público”. Además, señala expresamente, que lo anterior implica “el derecho a disponer de servicios culturales” y “el derecho a ser atendidos en su lengua en los organismos oficiales y las relaciones socioeconómicas”. El artículo 4 indica que

las personas que se trasladan y se establecen en el territorio de una comunidad lingüística diferente de la propia tienen el derecho y el deber de mantener con ella una relación de integración. La integración se entiende como una socialización adicional de estas personas de manera que puedan conservar sus características culturales de origen, pero compartan con la sociedad que las acoge las referencias, los valores y los comportamientos suficientes para permitir un funcionamiento social global sin más dificultades que las de los miembros de la comunidad receptora.
Y el artículo 11 expresa que “Toda comunidad lingüística tiene derecho a gozar de los medios de traducción directa o inversa quegaranticen el ejercicio de los derechos recogidos en esta Declaración”.
El centralismo chileno hace mirar hacia un Estado que no aplica cabalmente estos derechos dado el contexto migratorio en Santiago. Pero aún se discute en la Araucanía si declarar como lengua oficial al mapudungún, y si bien hay procesos judiciales y hospitales públicos con facilitadores culturales, lo cierto es que el Estado sigue siendo radicalmente monolingüista y monocultural, para con los pueblos originarios (que aún no están reconocidos como pre existentes al Estado chileno) y con los migrantes en general.
Una oficina municipal es el Estado. Sus funcionarios, desde el guardia a quien ejerza como director, representan al Estado. Por eso trabajan ahí. Un funcionario de Carabineros forma parte del Estado. Deben garantizar los derechos humanos de las personas, incluidos los lingüísticos. ¡Sobre todo, si la oficina municipal en que ocurren los hechos se llama Oficina de Protección de Derechos! Pero con Joane eso no ocurrió, hayan sido como hayan sido los hechos. La oficina de protección de derechos no pudo, no supo, no quiso hacerlo. El Estado chileno falló. Una mujere detenida sin poder comunicarse, sin entender ni darse a entender. Una bebé que termina ingresada en el SENAME. Una comunidad haitiana que debe recurrir a sus propios traductores para poder hacer algo. Pero nadie escucha. Nadie.

 

¿Y nosotros, lingüistas?

No he podido dejar de pensar que la muerte de Joane Florvil es (también) una derrota de la lingüística en Chile. Una muy dura derrota. Me pregunto cómo nuestras prácticas de investigación, nuestras cátedras, nuestras reuniones asociadas aportan a un Chile intercultural e interlingüístico, y pareciera que no hacemos lo suficiente. Que no hago lo suficiente. Que, aunque estemos en la palatal áfona o en la ditransitividad, no logramos posicionar o dimensionar nuestro trabajo desde una perspectiva amplia de derechos, respeto y diversidad.

Sin embargo, soy injusto. Medianamente injusto. Soy injusto con quienes, desde el sur por ejemplo, trabajan por conocer y vitalizar el mapudungún y exigir su inclusión en las escuelas y en los organismos públicos. Soy injusto con quienes direccionan su trabajo de investigación y aplicación a generar las condiciones óptimas para que cualquier niño y joven, independiente de su contexto sociocultural de procedencia, desarrolle herramientas de comunicación óptimas en su vida escolar y académica y luchan por hacer que las instituciones involucradas abandonen perspectivas clasistas, monoculturales y de exención de responsabilidad en el asunto. Soy injusto con quienes trabajan por mejorar la calidad comunicativa y de vida de personas con dificultades del lenguaje y luchan porque la sociedad esté dispuesta a convivir en la diversidad. En fin, soy muy injusto con quienes trabajan con amor y esfuerzo por paliar en algo este contexto de discriminación con los migrantes, ofrecen espacios de aprendizaje de creole o de español y luchan por crear espacios de comunicación y encuentro.

Sin embargo, la sensación de fracaso me persiste. De fracaso de la lingüística en Chile, de rol político que como asociados cumplimos. Del rol político que una academia chilena parece querer rehuir. Me siento frustrado por no tener herramientas. Por seguir siendo una lingüística tan monodisciplinar. Vuelvo a mi amargura cuando, quizás por querer comprar indulgencias, intenté trabajar análisis crítico del discurso en la prensa, pero no supe, no supimos, cómo confrontar a quienes analizábamos. Ahí nos quedábamos, constatando algo. Sin diálogo interdisciplinario, sin saber cómo incidir. Producir y producir para nosotros mismos.

Siento que como lingüistas fracasamos si alguien es juzgado errónamente por no poder comunicarse, cuando debieron existir las condiciones (no solo) lingüísticas para hacerlo. Y peor, cuando a partir de eso, indirectamente una persona muere. Porque, más allá de esfuerzos personales, como grupo parece que estas cosas nos pasan por el lado, como que se apelara a otros profesionales y estudiosos a hacerse cargo, nunca a nosotros. Sin embargo, lo cierto es que no hemos pensado ni entendido ni actuado lo suficiente en relación a nuestro rol social. Acaso lo tenemos. Asumo que sí lo tenemos.

Por eso, no dejo de sentir que la muerte de Joane Florvil es también, como lingüista, mi fracaso. Mi responsabilidad. Mi derrota.

 

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Un comentario el “JOANE FLORVIL, HABLASTE TU LENGUA EN VANO

  1. mariposarevoltosa
    10/07/2017

    Excelente artículo.

    Me gusta

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